miércoles, 30 de septiembre de 2015

el guagua auca

En tiempos no muy remotos las gentes de la región creían que extraños dioses gobernaban el universo, más cuando la tradición de los abuelos enseña estas historias con las recomendaciones de lo que debían hacer para adorar a las divinidades, es toda una «religión» o idolatría; el culto es indispensable hacerlo para recibir bendiciones y favores de lo contrario los dioses se enfurecían y mandaban castigos insospechados a la gente.
Los temblores dejaron solo ruinas entre las gentes, la fumarola del volcán se elevó hasta el infinito como un gigante amenazador. De sus vidas no se supo, y los que sobrevivieron recordaron el cueto de que “por infieles el galeras se ponía bravo” y pidieron perdón.
El Volcán es su dios y tenían que agradarlo y recordaron que debían ofrendarle un guagua auca, es decir un niño recién nacido y sin bautismo, el que debían botar vivo por su cráter para que este se apaciguara.
Partieron de Chaucha, los mayores con varios guaguas (bebes) entre brazos, llegaron al Guaitara, subieron el Cariaco, llegaron al GALERAS, arrojaron a sus hijos al fondo del volcán al darle sus ofrendas y como por encanto este se dejó de rugir y de temblar, se calmó porque los indios volvieron a creer en él , desde ese entonces El Galeras no ha vuelto a molestar.

el griton


El GritonEl gritón es un ser que habita la propicia de la rioja se le describe como un gran bulto peludo sin cabeza y de color gris, el gritón impide el paso en los caminos de los senderos justo cuando cae la noche, algunos valientes intentaron aventurarse por los senderos en los que el solía aparecer, primero se escuchaba un grito lejano que se repetía cada vez mas cerca hasta que el gritón se plantaba en medio del camino cerrando el paso. Se dice que un hombre haciendo cruces con su cuchillo logro pasar pero llego exhausto y en muy malas condicione a su casa, el gritón grita desde lejos y si sé le contesta se aparece como un torbellino rápidamente, por esto si caminan por un sendero en la noche en la provincia de la rioja argentina y escuchan un grito lejano tengan mucho cuidado.

31 de octubre

De un tiempo acá, no muchos por cierto, se celebra cada 31 de octubre como el de las brujas o día de los niños. Los pequeños se disfrazan y van cantando de puerta en puerta: “Ángeles somos, del cielo venimos y pan queremos. Triqui triqui Halloween, quiero dulces para mí, si no hay dulces para mí se te tuerce la nariz…”; en tanto los mayores organizan bailes de disfraces, para divertirse y pasar disfrutando de un buen baile. Nuestro departamento es muy rico en mitos, leyendas y tradiciones que vamos a describir en parte para el deleite y recuerdo de aquellos tiempos en que en familia se contaban cuentos alrededor de una vela y el hogar de la candela.
El “Niño Jesús del Cabuyo”, relato tradicionalista de las gentes de Guaitarilla nos remonta a cuando una pequeña niña encuentra una pequeña figura de madera entre la maleza del sector: “Así, como siempre lo hacía, en aquella mañana de calor y colorido, salió a recorrer de manera desprevenida el sector, llegó a una arada, y algo muy especial le llamó su atención: miró con detenimiento y se fue acercando despacio, casi que lentamente, con temor y precaución fijó su mirada en un pequeño objeto que se perdía entre las ramas secas y la labrada tierra, estiró su brazo derecho para tratar de sacar a flote la pequeña figura, quitó la tierra y las secas ramas al que en un principio consideró era un pequeño muñeco de madera perdido entre la tierra y las hojas secas del lugar.
Cuando lo tuvo entre sus manos continuó limpiando al pequeño muñeco, buscó la quebrada más cercana y le dio todo un baño de limpieza para poder observar en todo su contexto el frágil cuerpecito del que para entonces consideró como un simple y tosco muñeco de madera. Nada contó en casa de su hallazgo y procedió a guardar celosamente el pequeño muñeco que encontró en su tradicional paseo por entre los sembríos y los arados, en una cesta de totora llamada comúnmente «Otavalo».
Una noche, poco tiempo después del hallazgo, María Solarte, tuvo un grato sueño que recreó su mente infantil cuando soñó que aquel pequeño muñeco de madera parecía hablarle al pedir que lo saque de su encierro, que lo lleve al día siguiente a «tomar» el sol sobre los campos de trigales, cebada y maíz. María se queda pensando cuando al despertar recuerda ese dulce sueño. «Sería que soñé» se dice para sí misma, «o fue una simple ilusión», concluye. Observa con detenimiento el sector donde está la pequeña cesta o canasta con su precioso tesoro en su interior, va hasta el lugar, saca el pequeño muñeco de madera, lo besa con especial frenesí y luego lo estrecha de manera reverente contra su pecho, y un algo particular recorre su cuerpo como llena de gracia, de singular alegría que se refleja en su rostro radiante y las dos pequeñas lágrimas que de dicha y de gozo brotaron de sus ojos. Coloca nuevamente la pequeña figura dentro del cesto y torna a su cama para continuar durmiendo.
El Señor de Los Milagros de Túquerres, es una imagen de gran veneración para las gentes de la región que también tiene una interesante historia que recreada por la imaginación del escritor, dice así: “La caravana de trashumantes comerciantes provenientes de la lejana Santafé de Bogotá, habían llegado hasta la tarabita del río Guáitara a la altura de Funes, allí sin que nadie se percatara del cargamento que llevaban, menos de la imagen del Cristo para Quito, los intrépidos jinetes, aprovechando el llegar de un medio día jamás registrado por cronista alguno en el calendario de los tiempos, desmontaron de su cabalgadura y recibieron comida y bebida por parte de sus ocasionales anfitriones, que al darse cuenta de cómo degustaban el «guarapo» puro de la caña, no escatimaron esfuerzo para brindarles uno tras otro de aquella deliciosa fermentación hasta que quedaron profundamente dormidos.
Entre las gentes de la ocasional pascana, estaba «un indio de Túquerres, José Quiscualtud, (quien) quiso aprovechar el descuido de sus amigos y pasó el río con el macho o bestia mejor cargada y luego huyó a casa por caminos conocidos. El animal llegando al pueblo, no quiso avanzar más allá de la plaza y se hecho, totalmente cansado, en un ángulo de la rústica iglesia de bahareque que entonces se levantaba.»
«El buen ladrón José Quiscualtud, temeroso de ser descubierto su pecado, desapareció del lugar mientras tanto, después de esperar toda la tarde sin que el animal pudiera levantarse, el señor Cura y el Alcalde del Resguardo bajaron la carga y ... al abrirla....¡Sorpresa! descubrieron con gran asombro la imagen del Señor que llamaron «Señor de Los Milagros» la que se quedó para siempre y se consagró como protector de la ciudad.»
Otro de los relatos que nos llama poderosamente la atención de nuestros mitos y leyendas de Nariño es el del Cura descabezado, que en versión de Enrique Herrera Enríquez, dice: “Sintió de pronto un ruido salido entre las sombras y vio cruzar delante de él un pequeño montículo fugaz que al llegar al lugar titilante de la tenue luz pudo distinguir que era un gato de color oscuro, cuando sus ojos fulgurantes se clavaron en los de él y lanzó un maullido que estremeció a Carlos Alberto por lo inesperado del momento.
Pasado el susto, cruzó la primera calle y miró hacia el frente, observó a la distancia las cúpulas del templo de Santiago, de corte románico-toscano, de construcción moderna pero con cierta caracterización de recogimiento y de respeto. Pensó cambiar de ruta por un inesperado presentimiento, sin embargo desistió la idea y continúo a paso moderado su camino.
Se acordó de cuentos y leyendas que escuchara un día, cuando aún niño, inocente de las realidades de la vida dejaba ilusionarse por las frases expresivas de la abuela al escuchar de sus labios narraciones de terror, de espanto o de míticos jolgorios que amenizaban las reuniones de familia. Miró de manera prevenida hacia atrás para poder observar con más detenimiento el paso del gato. Recordó que al respecto había muchos agüeros y trató en su mente de captar el verdadero color del pequeño felino, no sabía que responderse así mismo: ¿Era negro? o, era ¿pardo? No sabría precisar. Sintió de pronto un no sé qué, que le obligaba a sacar un cigarrillo para encenderlo y proceder a fumar. Buscó entre sus bolsillos una cerilla y procedió a prender el cigarrillo. Al hacerlo, cuando la llama flameaba tratando de encender el cigarrillo, sus ojos se quedaron fijos mirando hacia el templo de Santiago donde en medio de la penumbra parecía desdibujarse una sombra que a manera de bulto indescriptible se asomaba a la tenue luz de los faroles del contorno de la plazoleta que da marco al templo franciscano.
De principio sintió como un alivio el encontrarse en altas horas de la noche con «alguien», por eso Carlos Alberto procedió a botar a un lado la cerilla con que prendió su cigarrillo y caminó un poco más rápido para el encuentro con ese «alguien». Ese «alguien» comenzó a aparecer y desaparecer del panorama conventual del templo, situación que intranquilizó a Carlos Alberto. ¿Quién podría ser ese «algo» o ese “alguien” que a manera de fantasma aparecía y desaparecía por entre la sombras de la distante penumbra? Sin darse cuenta tenía el cigarrillo apretado entre sus labios, casi mordía de él. Su corazón palpitaba aceleradamente. Sus ojos fijos en un sitial de la penumbra y las manos sudando sin saber porqué.
Carlos Alberto creyó observar con precisión la singular silueta y quedó admirado con lo observado. No precisaba saber que había mirado. ¿Era un hombre corpulento? o, era acaso, ¿un fraile con su caracterizado habito de franciscano? La curiosidad pudo más que el temor y como si alguien lo empujara fue caminando hasta donde se apreciaba la imprecisa y fantasmagórica figura.
Un sudor frío, con un nerviosismo expectante se apoderó de Carlos Alberto, quien de pronto paró su caminar y se encontró cara a cara con la singular figura. Se aterró, el temor ante lo inesperado hizo caer el cigarrillo de sus labios y una sequedad en la garganta amargó su boca cuando con ojos desorbitados pudo constatar que la figura humanoide que tenía frente así era la de un fraile, un cura, un padre con el tradicional hábito que cubría su cuerpo pero con una característica infernal, de espanto: ¡No tenía cabeza¡ ¡Era descabezado! ¡Sangraba el cuello!, tanto así que en la penumbra del sitial en mención podía observarse como daba la impresión de recién habérsela cortado por lo sangrante de su cuello...”
Continuando con esta serie de fantásticos relatos, próximos como estamos de la celebración del Día de Brujas y de los niños, escuchemos ampliación de la festividad en referencia como también apartes de otros dos relatos que nos llevaran a imaginarios donde el terror y la incertidumbre tienen su espacio.
La veraniega población de Funes, según cuenta la tradición tuvo un personaje que sabía adivinar con precisión cuanto se le preguntaba, dando pie para dar origen al siguiente relato: “Algunos menos incrédulos fueron hasta donde Josefa para agradecer y congraciarse con la «sabiduría» de Abrahancito, quien inquieto y molesto se metió a su pieza y comenzó a dar alaridos guturales que su madre comprendió y se sorprendía por los mensajes que ellos llevaba cuando dio respuesta a una y otra inquietud que expresaban los recién llegados, confirmando su poder de saberlo todo en cuanto a los problemas e inquietudes que habían expresado sus ocasionales vecinos.
La noticia de los poderes de «sabelotodo» de nuestro personaje regó como pólvora encendida por toda la región y de un día para otro comenzaron a llegar diversidad de personalidades que querían conocer a quien desde ya se comenzó a llamar como el «Adivino de Funes». El primero que de manera incrédula llegó hasta la humilde casa pajiza de Josefa y su hijo Abrahancito, fue el señor cura párroco del sector quien preguntó ciertas cosas y recibió como respuesta grandes verdades que el pueblo sabía pero callaba para no escandalizar a las beatas del lugar. No tuvo tiempo de evitar el conocimiento que se hacía público a su desconcertante e hipócrita comportamiento, razón por la cual salió persignándose y dándose golpes de pecho, asombrado del saber de su vida por parte de Abrahancito y el escándalo que naturalmente se había formado frente a unas verdades que todos sabían pero suspicazmente habían callado.
El alcalde también llegó a la casa campesina y recibió su merecido cuando el «sabelotodo» contó a su madre la verdad de las andanzas del burgomaestre, y ésta las transmitió sin prudencia alguna ante los concurrentes, que miraron desconfiadamente al alcalde, quien salió sin pronunciar palabra alguna, arrepentido de haber ido hasta donde el personaje que comenzaba a dar publicidad a sus denuncias.
Abrahancito se ganó así una fama y credibilidad que para todos las cosas que decía por intermedio de su madre eran de una absoluta verdad y tenía entonces que respetarse, daba confiabilidad a sus acertados comentarios que solo su madre sabía entender y comprender…
El carro de la otra vida, es un relato que también se populariza entre los conductores de la región que muchos han dicho haber visto en su oportunidad y que de acuerdo a Enrique Herrera Enríquez, se desarrolla así: Metido a profundidad en los recuerdos, tratando de buscar detalles, pequeñas o grandes cosas que su mente olvida, maneja con cuidado el volante de su automotor en tanto de su boca, luego de llevar hasta ella el cigarrillo, exhala bocanadas de humo a manera de circuitos concéntricos que se pierden con gran rapidez cuando logran atravesar el espacio infinito de la negra noche.
Sin saber el porqué, de manera repentina, pregunta a Juan José, ¿cuál es la hora? « ¡Son cerca de las doce!, mi señor», responde el ayudante quien levantando sus ojos hacia el frente de la vía, allá, a la distancia observa cómo un rayo de luz, a manera de las que emanan provenientes de un carro, se va acercando hacia ellos en vía contraria. «Vea, querido amigo, por fin un vehículo automotor se aproxima a nosotros”, dice en su expresiva voz de hombre joven, situación que hace reaccionar a Héctor Edmundo para buscar con antelación un lugar adecuado para dar paso al vehículo automotor que viene por cuanto la carretera es angosta y en ciertos sectores no es posible pasar dos vehículos a la vez.
El camión de Héctor Edmundo con su acompañante Juan José, ha parado, tiene el motor encendido al igual que las luces en espera que avance el vehículo en contrario.
A la distancia, a menos de trescientos metros, el vehículo en contrario también se detiene. Héctor Edmundo, conductor experimentado, apaga e enciende la luz del camión de manera intermitente, señalando puede continuar el vehículo en contrario, éste hace lo mismo, confundiendo por el momento la acción a seguir por parte de Héctor Edmundo quien nuevamente enciende y apaga la luz, recibiendo respuesta similar del conductor del vehículo que viene en la vía contraria, interpretando que puede seguir. El camión de Héctor Edmundo arranca y decide continuar con su trayecto mirando fijamente el sitio proveniente de la luz, el cual como es obvio es cada vez más cerca y de mayor encandecía. De pronto, todo queda oscuro, el camión de Héctor Edmundo y Juan José se frena en seco. Cuando se pretende encender el motor nuevamente, no responde; hay incertidumbre por parte del avezado conductor y cuando éste trata de buscar entre las sombras de la oscura noche el vehículo en contrario, nada encuentra. Una heladez escalofriantemente fría recorre su cuerpo, suda pavorosamente y su escultural musculatura tiembla sin saber porqué, quiere pronunciar palabra y no puede. Un sabor amargo se apodera de su boca y cuando todo parece que para él ha terminado, logra por fin encender el motor del camión, las luces funcionan y arranca como desesperado para tratar de salir lo más rápido posible de tan inesperado impase.
Juan José, está igual de nervioso y confundido que su amigo conductor. Con voz entrecortada, ojos desorbitados, desencajado, pregunta que ha pasado? ¿Dónde está el vehículo en contrario? Todo es confusión y nadie responde. Balbuceando palabras, nervioso, limpiándose el frío sudor de su frente, Héctor Edmundo, conductor del camión, dice en inteligibles palabras: «¡Es el carro del diablo! ¡El carro de la otra vida! ¡No lo mires! ¡No mires hacia atrás! ¡Mira hacia el frente!». Juan José siente que entre sus piernas un líquido cálido aflora sin poder contener, su estómago también se afloja y nada puede hacer para evitar la diarrea que ha comenzado hacer estragos en el asiento del camión.
Héctor Edmundo, comprende lo sucedido, da alientos a su acompañante, saca fuerzas de donde no se tiene y simplemente atina a decir que no se preocupe, que se tranquilice, que el peligro ha pasado, que ya recordaba como muchos de sus colegas conductores le habían referido que por aquel lugar siempre pasaban cosas extrañas, y agradecido de su compañía recordaba de igual manera como varios amigos conductores que viajaban solos por aquel paraje habían sentido la compañía de gente extraña, que de un momento a otro se subían al vehículo, bajando de manera inesperada tal cual como subían, cuando atravesaban dicho sector, ocasionado mortales accidentes de manera inexplicable para las gentes que no en vano reconocía y así denominaban al sector como la «Nariz del Diablo», en tal razón lo mejor era continuar con su camino hasta la población más cercana, como en efecto así se hizo…
Recogiendo los pasos, es una de tantas situaciones que la gente suele decir ha vivido cuando un ser querido, muy cercano, fallece, en versión de nuestro invitado se tiene que: Melba y Rosalba, se abrazaron, lloraron enjugando el cabello con sus lágrimas. Se resistían a creer, a admitir la triste suerte de Juan Alberto y esperaban que ojalá lograra recuperarse para poder manifestar su aprecio por alguien que así esté ausente de su vida sentimental, querían verlo vivo, gozando, disfrutando del placer que tiene quien por su forma de ser se lo merece. Recordaron con nostalgia aquel suceso de Cumbal, la tierra de la madre de Rosalba, cuando se encontraron de manera intempestiva, casi lo matan creyendo que era su novio. Un enamorado silencioso de Rosalba consideró que se había irrespetado a las damas de Cumbal al observar que Juan Alberto estaba de brazo de otra mujer. Se aclararon las cosas y felizmente no pasó nada, pero si fue el comienzo de su declaración de amor días después cuando se encontraron en la ciudad de su habitual residencia.
De pronto, como si una fuerza tenaz, un algo de presión las separase, Melba y Rosalba reaccionar al tiempo ahogando un grito en sus gargantas, obligándolas a levantarse del sillón. Fue como un viento fuerte, frió que las levantó y cerró puertas y ventanas, los cuadros se movieron, parecía como un temblor y un escalofrío recorrió el cuerpo de las dos mujeres, dejándolas como petrificadas cuando a la vista de las dos damas se presentó una sombra que de manera fugaz como llegó se fue. No se podía precisar quien fue o que fue. Se sintió pisadas de persona caminando por entre la sala. Era algo como familiar y a la vez ausente.
Cuando el fenómeno pasó, todo volvió a la normalidad. El teléfono curiosamente sonó, Melba con cierto temor lo levantó y escuchó la voz de su interlocutor, se llevó la mano a la boca y con un ¡No! ¡No! ¡No! ¡No puede ser!, se sentó en el sillón, y haciendo señas a Rosalba pidió a ésta que tome el teléfono, la bella dama lo cogió entre sus manos y con un ¡Alo! ¡Quién habla! ¡Qué pasa!...Espero inquieta la respuesta y cuando la supo, se desplomo sobre el asiento, preguntó a qué horas había sido el luctuoso acontecimiento. Agradeció con un lamento la noticia cuando dijo pesadamente: «Ya sabíamos», colgó. Se dirigió a donde estaba Melba, su fiel amiga y le dijo: ¡Recogió los pasos! ¡Recogió los pasos! ¡Melba, tu eres testigo, Juan Alberto, recogió sus pasos! ¡Vino a despedirse! ¡Está muerto! !Juan Alberto ha muerto!
Son relatos recreados con personajes que nos lleva a vivir, si cabe la expresión, de momentos que se fueron con el imperio de la luz, de la energía eléctrica, de los nuevos aparatos, pero que aún así, todavía encontramos a personas que nos cuenta el encuentro con personajes siniestros, de la otra vida que todavía se resisten a perder su actualidad como lo hemos visto

miércoles, 23 de septiembre de 2015

la vieja de la bandera negra

La vieja de la bandera negra[editar]

Entre la maraña espesa que bordea el peñasco del Guaitara, entre los poblados de Bombona, el Yunguita, Ales y El Cid, no se deja de respirar el olor a tierra fresca y flores nativas, se oye el zumbido de los abejones, el croar de los sapos y el rechinar de los árboles.
No es menos cierto que se evidencia un ventarrón muy gélido, que por esos parajes se siente y cree el vecindario que cuando la borrasca se siente un extraño personaje de las noches oscuras llega, dicen los aldeanos que la han visto que es la Bruja de la Bandera Negra. Sale a ondear y flamear su bandera, es entonces cuando el viento se pone acelerado y ruge sin cesar, tan fuerte como un ciclón que arrasa los techos de las casas pajizas, el mayor temor es que los encuentre dormidos porque con fiereza empuja las puertas como queriendo entrar y se afirma se ha llevado a algunos. La gente asustada se levanta a rezar.Resultado de imagen para la vieja de la bandera negra

el duende

El duende[editar]

Ser descrito como un pequeño hombrecito, regordete y jovial; siempre pícaro, atractivo, astuto, sencillo y juguetón.
Vive errante entre cañones y cascadas; muchos son los que lo han visto entre las chorreras, donde canta y baila al son de guitarras y tambores, en la espesura de los montes cambiando lamentos y ay ay a yayayes.
Viste pantalón corto y andrajoso, sus rodillas rotas y nalgas parchaditas, usa un sacón de grandes bolsillos donde guarda pan; su cabeza la tapa con un chuta (sombrero) muy grande que apenas deja ver sus vivaces ojos.
Conocido como "El duende", este ser se burla de los grandes, en las horas de oscurana entra en sus casas espanta las gallinas, asusta a los perros y deja caer tierra entre las mesas y platos, los asusta en el camino real solo por reírse de verlos correr despavoridos.Resultado de imagen para duende realResultado de imagen para duende real

la leyenda de la vieja del monte


la aparicion de la virgen de las lajas

La maravillosa historia de Nuestra Señora de las Lajas

La historia de la Virgen de las Lajas se remonta a mediados del siglo XVIII. Sus protagonistas son la india María Mueses de Quiñones, descendiente de antiguos caciques y su pequeña hija Rosa, sordomuda de nacimiento. El lugar de los hechos se sitúa en los andes ecuatoriales a 2.600 metros de altitud, a media cuesta de una profunda quebrada sobre el río Guáitara, en el municipio de Ipiales, en el extremo sur de la actual Colombia, a diez kilómetros de la frontera con Ecuador.

Pablo Luis Fandiño

Cierto día del año 1754 la india María dejó la entonces villa de San Pedro Mártir de Ipiales donde trabajaba, con la intención de visitar a sus parientes en el caserío de Potosí 1 a unas pocas leguas de distancia. Al descender por la ladera occidental del cerro Pastarán para cruzar el puente sobre el río Guáitara, se desató una terrible tempestad. A fin de resguardarse, corrió hacia la gran cueva natural que había a media cuesta, esperando que la lluvia pasara.
Temerosa por el torrencial aguacero, lo desolado de aquellos parajes y por la idea de que el demonio sojuzgaba el puente “para hacer presa de la infortunada persona que viajase sola, se angustió, lloró e invocó el auxilio de la Santísima Virgen del Rosario”,2 cuya devoción había aprendido de los padres dominicos, que desde hacía dos siglos evangelizaban dichas comarcas.
De pronto, siente que alguien le toca en la espalda. Asustada a más no poder, la intuitiva mujer no piensa sino en emprender veloz carrera, cruzar raudamente el puente y llegar sana y salva a Potosí.
¡Mamita, la mestiza me llama!
Pasado el primer susto, unos días después, María emprende el regreso a Ipiales. Esta vez lo hace en compañía de su pequeña hija de cinco años llamada Rosa, sordomuda de nacimiento, a quien lleva en la espalda según la costumbre andina. Al llegar a la cueva del Pastarán, se detiene para descansar. La niña entonces se desliza suavemente de la madre y empieza a trepar por las lajas. De pronto María escucha que su hija le habla: “Mamita, vea a esta mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados”.3 Desconcertada, no atina sino a coger a la niña y huir del lugar.
Al llegar a casa de la familia Torresano, sus antiguos patrones, cuenta lo ocurrido, pero no hay quien le crea. Atendidos los motivos que la llevaron a Ipiales, María vuelve a su pueblo. Pero a medida que se aproxima a la famosa cueva, los temores le comienzan a asaltar nuevamente. Al llegar a su entrada, se detuvo titubeante. Y con más fuerza la niña volvió a hablar: “¡Mamita, la mestiza me llama!” Nueva impresión, nueva carrera, nueva incógnita… ¿qué hay realmente en esa cueva?
Tan pronto como llegó a Potosí, contó lo ocurrido. La noticia corrió de boca en boca, los vecinos se congregaron en la casa de María, todos querían conocer directamente los pormenores del hecho. Mientras tanto, en medio del alboroto, Rosita desapareció. Apenas se dieron cuenta de la ausencia de la niña, se la buscó en vano por todas partes. ¿Adónde habría ido Rosa? No había otra explicación —las almas inocentes conservan una atracción irresistible por las cosas sobrenaturales—: la niña había acudido ciertamente al llamado de “la mestiza”. En Las Lajas como en Lourdes, un siglo después, en la gruta del Pastarán como en la de Massabielle, Rosita como Santa Bernardita, sintieron esa atracción irresistible. Hacia allá se trasladó también María en busca de su hija y allí se encontró con un maravilloso espectáculo: “Al llegar a la cueva vio sin sorpresa a su hija arrodillada a los pies de la Mestiza, jugando cariñosa y familiarmente con el rubio Mesticito” 4 que se había desprendido de los brazos de su Madre.
¡Qué escena más íntima y conmovedora! Sólo Dios es capaz de siquiera imaginar algo así.
María Mueses de Quiñones y Rosita

La visión había sido tan extraordinaria que María dudó esta vez de contarla a los demás. Y este otro favor de la Virgen de las Lajas hubiera permanecido ignorado si un nuevo e impresionante suceso no lo hubiera tornado público.
Resurrección de la niña
Un tiempo después de lo ocurrido, Rosa cayó gravemente enferma y murió. La desconsolada madre, concibió entonces la idea de llevar el cuerpecito sin vida de su entrañable hija a los pies de la Señora del Pastarán, para recordarle las flores y velas con que la niña solía obsequiarla y pedirle encarecidamente que le restituyera la vida. Ante los ruegos insistentes y las copiosas lágrimas, ante la fe que no se doblega, la Virgen no resistió y obtuvo de su Divino Hijo la gracia de la resurrección de la pequeña Rosa.
Exultante de alegría y agradecimiento, María Mueses de Quiñones se dirigió a Ipiales a golpear la puerta de la familia Torresano a quienes relató el nuevo prodigio. El testimonio es impresionante, la prueba es contundente, no queda más que avisar al Señor Cura. A pesar de lo avanzado de la noche, se organiza una comitiva encabezada por don Juan Torresano. El dominico Fray Gabriel de Villafuerte los recibe y procede al interrogatorio de rigor. Las campanas se echan al vuelo y la noticia se esparce por el pueblo: “¡La Virgen del Rosario se ha aparecido en las peñas del Pastarán! ¡La ha visto María Mueses de Quiñones! ¡Es hermosa y resplandeciente!” Pero el Señor Cura quiere cerciorarse de todo, aún no está totalmente convencido. Al día siguiente, bien de madrugada, una primera y concurrida peregrinación se da inicio en Ipiales. Es el 15 de setiembre de 1754, fiesta del Dulce Nombre de María. A las seis de la mañana, llegan a Las Lajas: “El milagro fulge ante sus ojos y ante su corazón. No es posible dudar: la Santísima Virgen ha sentado sus reales en las rocas del Pastarán”.5
La firma de Dios en la Creación

El renombrado pensador católico Plinio Corrêa de Oliveira comentó en numerosas oportunidades la imagen de la Virgen de las Lajas. Admirado por sus sorprendentes características afirmó que era la firma de Dios en la Creación.
La figura impresa en la piedra laja representa a Nuestra Señora del Rosario, de pie sobre la media luna, llevando al Niño Jesús en el brazo izquierdo y el santo rosario en el derecho. A uno y otro lado, aparecen las figuras de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. La roca mide 3,20 metros de alto por dos de ancho; y las imágenes abarcan una superficie de dos metros de alto por 1,20 de ancho.
A diferencia de otras advocaciones marianas, en Las Lajas no hubo testigos: se desconoce cómo es que se formó la imagen. Nadie se arrogó o se le atribuyó con fundamento su manufactura. No se puede señalar con exactitud desde cuándo está la imagen grabada en la inmensa laja. Como hemos visto, su hallazgo vino a corroborar la aparición.
Aunque a lo largo de los años no han faltado escépticos y detractores —hasta en las filas del clero—, que niegan la factura milagrosa de la imagen, éstos jamás han conseguido demostrar razonablemente un origen natural. La tesis tradicional, por el contrario, no apenas se mantiene en pie sino que cada día gana mayores adeptos. En años recientes, un grupo de geólogos alemanes visitó el Santuario de Las Lajas para efectuar diversas pruebas científicas.
Después de llegar a la conclusión de que no existía en la imagen el menor fragmento de pintura o pigmento de cualquier clase, perforaron minúsculos orificios en la laja, sólo para descubrir que la imagen y todos sus admirables colores ¡penetraban varios centímetros en la roca!
Colosal santuario sobre el aire

La noticia del prodigio en la quebrada del Guáitara se difundió por todos los pueblos a la redonda con inusitada rapidez. A la primitiva ermita de madera y paja, pronto le sucedió en 1794 una capilla de cal y ladrillo. A mediados del siglo XIX se levantó un primer santuario que con el tiempo quedaría también pequeño para cobijar la gran afluencia de fieles especialmente en los días de fiesta.
Así, es en tiempos del gran Ezequiel Moreno Díaz, el santo obispo de Pasto, que surge la audaz idea de levantar un magnífico templo sobre el abismo. ¡El cielo es de los audaces! Y en 1899 el insigne pastor agustino descalzo secunda la idea por medio de una Carta Pastoral. Pero debido a la inestabilidad política del momento, recién el día 1º de enero de 1916 es colocada la primera piedra del actual santuario. Los trabajos recibieron durante 33 años el impulso de sucesivos capellanes, hasta su culminación en 1949. Su inauguración estuvo a cargo de Mons. Diego María Gómez Tamayo, arzobispo de Popayán, siendo párroco el Pbro. Justino C. Mejía y Mejía, pertinaz historiador de Las Lajas.
Por una gracia del Papa Pío XII, Nuestra Señora de las Lajas fue coronada canónicamente el 15 de setiembre de 1952, en una imponente celebración a la que asistieron casi todos los obispos de Colombia. En 1954, la Santa Sede concedió al santuario el título de Basílica Menor.
El testimonio de Gonzalo Suárez

Interior del Santuario. Al fondo, la laja con la imagen de la Virgen

Entre los cientos de testimonios que atribuyen a la Virgen de las Lajas las gracias insignes que alcanzaron, está registrado uno de puño y letra del capitán colombiano Gonzalo Suárez, quien milagrosamente salvó de morir durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902):
“El 9 de febrero [de 1901] a las 7 a.m. el suscrito cayó mortalmente herido recibiendo siete balazos en la cara, producidos por una descarga de escopetas y carramplones; uno de esos balazos vació el ojo derecho, otro le rompió el párpado del ojo izquierdo, dañándole la retina, y otro le voló la nariz.
A las tres de la tarde del mismo día 9 de febrero se me levantó del sitio donde había caído y se me condujo al lugar designado para incinerar los cadáveres de los muertos en combate. Como las heridas recibidas hubiéranme de causar la pérdida de los sentidos, y por lo tanto quedar privado, todos los curiosos y los médicos dedujeron, después de un breve examen, que era ya cadáver. Como yo conservaba el sentido del oído, oía palpablemente las órdenes para que se me quemara; hice esfuerzos para manifestarles que tenía vida, pero todo era en vano… hubo un momento de suprema ansiedad… se dio la última orden y ya no había remedio. En ese supremo instante invoqué el nombre de la Santísima Virgen del Santuario de Las Lajas; prometiéndole que si permitía que no me quemaran vivo, iría a pie desde donde estuviera a postrarme de hinojos a su presencia. Terminada esta súplica, se presenta una señora y pide a voz en cuello el cadáver del capitán Suárez. […] me hace conducir con mis soldados a su casa. Allí permanecí cuatro meses completamente ciego. Después el general Albán me hizo conducir a Panamá.
Los médicos […] declararon que estaba ciego de por vida. […] El 15 de agosto comulgué en la capilla del hospital de Santo Tomás y después de recibir este alimento espiritual, hice que la reverenda hermana Elena Fernández me regalara un pedazo de algodón, y con fe de un verdadero católico lo hice pasar por los ojos de una imagen de la Virgen del Rosario que se venera en dicho hospital. Todos los días y cada vez que sentía afección al ojo, me frotaba con el algodón. Grande fue mi reconocimiento a la Madre de Dios, cuando a los dos meses, el 18 de octubre, veía perfectamente con el ojo izquierdo. Los médicos que ya habían remendado el párpado se sorprendieron al convencerse de la realidad y sin embargo, ¡blasfemos!, dijeron que era obra de la casualidad.
Consignaré aquí un hecho de verdadera abnegación que solamente puede inspirarlo la Religión Católica.
Como dije antes, una bala me llevó a tierra la nariz. Pues bien, para poder pronunciar siquiera algunas palabras, había necesidad de hacerme una operación plástica. Por lo tanto se necesitaba tomar de otra persona la cantidad de carne suficiente para cubrirme el hueco. Esta persona tenía que ser del mismo color, estar robusta y sin enfermedad contagiosa y, por último, someterse a un verdadero martirio. No teniendo en ese lugar a mi madre, único ser que podía sacrificarse por mí, veía materialmente imposible la realización de la operación. Estando los médicos en consulta y al pie de mi cama, salió del grupo de ángeles que a mi lado se había formado, una Hermana de la Caridad y ofreció voluntariamente su brazo para que fuera cercenado y así los médicos pudieran darme nariz […].
La hermana que puso en práctica este rasgo de caridad cristiana se llama Elena Fernández. Vivió en Panamá y fue testigo del milagro que me hizo la Virgen.
A la Virgen de las Lajas le debo el poder de verla hoy, y a Ella y a sor Elena poder contar este prodigio.
Santuario de Las Lajas, agosto 26 de 1906”.6
El llamado de la Virgen de Las Lajas

Hoy, transcurridos dos siglos y medio del descubrimiento de la imagen de la Virgen de las Lajas, en la profunda quebrada del río Guáitara, Nuestra Señora nos lanza a cada uno de nosotros un irresistible llamado. Es el mismo llamado que en 1917 formuló a los tres pastorcitos en Fátima. Un llamado a la oración, a la penitencia y a la enmienda de vida. Pero un llamado también a la confianza en la promesa de su triunfo.
En Las Lajas hay un milagro constante, un milagro palpable, un milagro indiscutible… Y una gran promesa de restauración del orden católico en un continente en el cual Dios quiso estampar su firma luego de la Creación.7